jueves, 8 de diciembre de 2011

Diario de Vampiros V

22 de Octubre de 1932

Luego de una dura y, como de costumbre, sangrienta noche, el sol comenzaba a salir de entre sus escondijos. Mis colmillos y alas desaparecieron, entonces partí hacia mi hogar. Pero en el camino sentí unas pisadas similares a las de la primera noche. Esta vez no dudé y me volteé, pero no había nadie. Seguí caminando tranquila, aunque no tanto, pero al llegar a mi casa algo me inquietó; en la puerta estaba tallado en la antigua lengua la frase “Alma de poeta, ojos de vampiro”. No dudé en que había sido obra de Alexander, pero en menos de unos segundos, el tallado desapareció…

Entré lo más rápido que pude y cerré muy bien la puerta. Corriendo, entré a mi habitación, y de nuevo estaba escrita la pared con las mismas palabras de la puerta “Alma de poeta, ojos de vampiro”. La frase que yo misma había dicho me estaba persiguiendo. Estaba atemorizada, sin saber que hacer. Comencé a golpear la pared desesperadamente, gritando desaforadamente, como si estuvieran cometiendo un homicidio en mi “hogar”. Estaba furiosa… Furiosa con Alexander… Furiosa con mi vida.

Decidí tapar bien las ventanas al atardecer para que la luna no me afectara, pero me temo que eso fue imposible. Al caer la noche y estar en alto la mínima porción de veneno lunar, mi alma se fue. Mi cuerpo se dirigió al parque. Deseaba encontrarme con Alexander para tener a alguien que pudiera contenerme en mis ataques de furia y desilusión y responder a las miles de preguntas que tenía en mente. La luna me ha perseguido como si tuviera algo contra mí, pero al parecer es lo que le pasa a los vampiros. Eso quería hablar con él principalmente. No creo que a todos les pase, siento algo diferente cuando miro la luna; la amo, pero la odio. Cuando veo su brillo me siento poseída, y espero que solo sea mi imaginación.

Siempre algo me dijo que estaba destinada a ser diferente, pero nunca pensé que podría llegar a estas circunstancias… Perdida en mis pensamientos me olvidé de buscar a Alexander, pero él ya me había ganado cuando tocó mi hombro.

Me estabas buscando, ¿no es así Ángel? –Dijo esbozando esa diabólica sonrisa-

Si, necesito preguntarte algunas cosas y aclarar algunas dudas…

Comencé a hablar. Una pregunta mía, una respuesta de Alexander. Así fue hasta que una pregunta más salió de mi boca.

¿Por qué la luna me causa tales efectos?

Algún día te lo contaré, pero cuando estés lista para asumirlo…

Y antes de poder preguntarle algo más, simplemente desapareció. Algunas respuestas formuladas por mí respondían a la pregunta, pero aún así debía saber la verdad.
Me sentía algo frustrada. Alexander era el único que me podría contestar y no lo hizo. Algunas veces me seguía preguntando si esto era verdad, si lo que me pasaba era real, o tal vez solo un sueño del que quería escapar. Pero siempre era lo mismo; la pura y fría realidad que enfrentaba todos los días nunca mejoraba, al contrario, empeoraba.
El sol comenzaba a aparecer, así que me fui lentamente y sin prisa hacia mi hogar. Pero la duda no dejaba de rondar en mi cabeza, "¿Por qué la luna me causa tales efectos…?"

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